Artículos y Ensayos

Arte y cuerpo. Desaprendizajes y experimentación

junio 2015

El desarrollo de la creatividad artística en Nube implica desaprender la rigidez y la disciplina corporal de la escuela.

“El cuerpo puede volverse hablante, pensante, soñante, imaginante. Todo el tiempo siente algo. Siente todo lo que es corporal. Siente las pieles y las piedras, los metales, las hierbas, las aguas y las llamas. No para de sentir”.

  1. L Nancy[1].

Incluso las habilidades más abstractas, dice R. Sennett, tienen origen en prácticas corporales. En un taller lleno de niños, esta dimensión corporal del aprendizaje artístico está siempre en primer plano: Taller Nube es un espacio en movimiento, donde hacer arte es mucho más que estar sentado frente a una mesa de dibujo. Las diversas actividades que aquí se realizan involucran una vasta gama de desempeños de los cuerpos que, tanto a nivel individual como colectivo, merecen una observación atenta. Inserto dentro del horario escolar, pero en un espacio separado de las actividades pedagógicas regulares, Taller Nube se presenta como una instancia peculiar para los niños de la comuna. Semana a semana, los distintos grupos toman un bus hasta el Parque Padre Hurtado para ingresar a un universo educativo con reglas propias, que se experimentan, en primer término, a través del cuerpo. El rango de movimientos que permite el Taller Nube es ciertamente más amplio que las actividades escolares generales, pues involucra diversas formas de desplazamiento y autonomía en un espacio marcado por el contexto distendido del parque.

Las jornadas de trabajo replican, en cada uno de los distintos grupos, una dinámica similar en tanto “cuerpo colectivo”: una llegada llena de entusiasmo, que rápidamente congrega a los niños en torno a sus respectivas mesas de trabajo; un desarrollo que transcurre bajo la mirada atenta del artista/monitor, en el que los grupos ejecutan en conjunto y con relativa concentración las actividades programadas; y un final que se caracteriza por la dispersión, el desorden y el movimiento. De este modo, de forma progresiva y conforme avanza la hora, van difuminándose los grupos de trabajo y los espacios comunes adquieren un uso más intensivo. Los niños corren en el patio central y casi no queda nadie en las mesas: se inventan juegos en que miden sus fuerzas; hacen malabares, movimientos aeróbicos y equilibrios; improvisan pequeñas guerras de tierra, de agua o de materiales. El ambiente disperso y lúdico va propagándose entre los niños, hasta que el bus los recoge nuevamente y deben formar una sola fila para abordarlo.

Durante el curso de las actividades, los niños ensayan modos diversos de relacionarse con la infraestructura y el espacio, los cuales implican el despliegue de soluciones creativas de acuerdo a la naturaleza de los distintos ejercicios.Si la educación, como apunta G. Perec, ha moldeado nuestros gestos y actos motores tanto como nuestros actos mentales[2], el trabajo a lo largo del semestre en el Taller Nube es de algún modo un “desaprendizaje” de ciertas reglas, posturas y disposiciones corporales que determinan la experiencia escolar tradicional. En el taller, toda superficie puede convertirse en una superficie de trabajo. No sólo se utilizan las mesas y las sillas; también el suelo y las murallas sirven para extender los pliegos de papel y trabajar en ellos, se aprovecha la privacidad que ofrecen los muebles de las esquinas de la sala, o se afinan los últimos detalles encima de las barandas del patio e incluso sobre la espalda de un compañero. Con frecuencia, a medida que se desarrolla la actividad las salas van volviéndose un territorio minado en el que se debe transitar con cautela, intentando no pisar las creaciones de los compañeros. Los niños aprenden a ayudarse de lo que sea, poniendo los recursos del espacio al servicio de las necesidades de la práctica artística. Ese amplio margen de libertad para decidir cómo se trabaja resulta ser un factor crucial para la apropiación del lugar por parte de los niños, quienes se mueven con soltura a través de las instalaciones y manejan con propiedad sus elementos: abren y cierran las puertas, edifican pequeñas fortalezas con los pisos, usan las ventanas como vías de entrada o salida a las salas, y exploran libremente sus rincones. La nueva infraestructura del taller, de espacios amplios, flexibles y modulares, admite estos usos múltiples en un contexto contenido y seguro.

Del mismo modo, las actividades que se realizan en el contexto del Taller movilizan una serie de competencias corporales que no suelen formar parte de los repertorios tradicionales de la escuela. El programa 2015 de Nube incorpora deliberadamente una categoría de actividades que “permiten que los niños descarguen sus energías a través del desplazamiento o uso evidente del cuerpo como herramienta”: las actividades kinestésicas. A partir de una diversidad de materiales más próximos a sus entornos cotidianos y al ejercicio del arte contemporáneo que a las clases de artes plásticas regulares, el programa involucra un trabajo corporal que no se restringe a manos, muñecas y brazos: muchas actividades de Nube permiten trabajar estando de pie y privilegian posturas corporales como el estar agachado, recostado o en cuclillas. No sólo se hacen “manualidades” que estimulan la motricidad fina y el trabajo minucioso a partir de artefactos pequeños, sino que también se trabaja en soportes de grandes dimensiones que demandan movimientos amplios, rápidos y que necesitan de todo el cuerpo.

De la misma manera, los recursos corporales que los niños desarrollan en Nube están marcados por la movilidad: frecuentemente deben circular por distintos puntos del espacio, sobre todo en aquellas actividades que contemplan un trabajo por estaciones; en ocasiones deben encaramarse en pisos o mesas y colaborar entre varios para la ejecución de una tarea. En esos usos múltiples de rodillos, tizas, spray, esténcil, pinturas, lanas, etc., los participantes del taller aprenden a observar los efectos de sus movimientos sobre los resultados artísticos a los que arriban, experimentando en carne propia uno de los motores más significativos de la práctica artística contemporánea: la relación arte/ cuerpo. A partir de ejercicios concretos que activan un amplio repertorio de posiciones corporales, los participantes de Taller Nube comienzan a prever los efectos en sus trabajos de la distancia, la fuerza, la dirección del movimiento –de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo– y la importancia de la coordinación a nivel grupal. Así, y a partir de las instrucciones de los artistas/ monitores, los niños van explorando cómo estas distintas variables les permiten generar resultados artísticos particulares y diversos.

La experiencia de Nube, en estos sentidos, pone de relieve el papel que puede desempeñar la práctica artística en el desarrollo de competencias corporales. Numerosos estudios han abordado, sobre todo en tiempos recientes, los modos en que la educación artística contribuye a la adquisición de habilidades mentales múltiples: el despliegue de un pensamiento visual, de un razonamiento geométrico/espacial, de la capacidad de observación, etc.[3]. Sin embargo, se ha puesto insuficiente atención a cómo las prácticas en el taller de artes pueden promover la expansión de los usos del cuerpo. El dispositivo escolar ha tendido a asimilar la disciplina y la buena conducta con un conjunto específico de habitus corporales asociados a la quietud, al permanecer sentados y en estado general de reposo. El trabajo en Nube, en cambio, implica ampliar el repertorio de técnicas corporales, las cuales –tal como tempranamente sostenía M. Mauss– involucran razones prácticas colectivas e individuales[4]. Buena parte de este proceso tiene lugar a partir de una dinámica que no distingue tajantemente entre trabajo y juego, sino que se constituye en una frontera laxa entre la libertad de expresión del propio cuerpo y las normas de convivencia del cuerpo colectivo. De este modo, en Nube la dispersión es parte de la dinámica de trabajo, y una larga lista de movimientos y actitudes lúdicas que en otros contextos educativos serían sancionadas, forman parte del hacer cotidiano.

Como es de esperar, este espectro más flexible de posibilidades corporales es en ocasiones una fuente de problemas.  Los rangos de lo posible y lo prohibido no siempre están del todo claros y, como el programa integra actores provenientes del mundo escolar, tales como inspectores y profesores de los respectivos colegios, se van construyendo en una negociación permanente y compleja. En muchos de los grupos nos encontramos con niños especialmente desafiantes, que ejercen esas libertades de forma conflictiva y están todo el tiempo probando los límites de los monitores y profesores. Nube ha ido desarrollando diversas estrategias que, con resultados disímiles, permiten hacer frente a las dificultades que se presentan en el camino, pero la tarea no es fácil. Se trata, en parte, de deseducar ciertas rigideces del cuerpo: invitarlo a experimentar de forma activa, decidiendo con mayor autonomía el papel que ocupa el juego, la dispersión, los bailes y cantos y el movimiento en el proceso artístico. Las instrucciones de cada actividad, en este sentido, suelen ser coordenadas generales que gatillan sus propias exploraciones y soluciones creativas: los artistas los estimulan a que busquen resultados propios a partir del ensayo y el error, y se resisten a completar con sus manos las tareas de los niños. Taller Nube alienta el aprendizaje desde el hacer, asumiendo una gran diversidad de resultados posibles.

Estos desempeños desde los cuerpos no sólo los habilitan a nivel de técnicas y competencias motoras. Son también el vehículo de ciertos procesos de construcción de subjetividad que resultan cruciales para un grupo de niños que experimenta el siempre complejo tránsito hacia la adolescencia. Buena parte de los procesos de identificación que tienen lugar en la pubertad, encuentran punto de partida en la observación del propio cuerpo y el reconocimiento de sus posibilidades. La experiencia de Taller Nube se encuentra atravesada por estas búsquedas y tensiones: por la necesidad de diferenciación y de elaboración de un sello personal, a la vez que por el sentido gregario que les ofrece la pertenencia a un colectivo. Es posible identificar tres dimensiones en las que se desarrollan los vínculos entre cuerpo y subjetividad en Taller Nube: un nivel individual, un nivel relacional, y un nivel sociocultural. Todos ellos pueden ser ejemplificados a partir de una actividad realizada durante el mes de mayo: las siluetas situacionistas.

En ésta, los niños debían realizar una representación de sus cuerpos en escala 1:1, a partir de cartones que luego serían pintados de negro y posteriormente dibujados con tiza. En términos corporales, la actividad implica ensayar diversas posturas; entender cómo caben mejor los cuerpos en el plano del cartón; dimensionar el propio contorno y observarlo; agacharse, acostarse, usar el suelo o las mesas. Las numerosas bromas, comentarios y anécdotas que surgieron en el curso de este ejercicio dan cuenta de algunos modos en que estas instancias permiten problematizar las identidades de los niños a partir de un trabajo desde el cuerpo. En el plano individual, la actividad les invita a elaborar una imagen de sí mismos y de su cuerpo: pueden elegir las posturas en las que serán inmortalizados, las expresiones de sus rostros, los accesorios que llevarán dibujados. Este ejercicio de auto-observación hace posible que los niños construyan un rápido vínculo con sus siluetas, transfiriéndoles sus capacidades y características, y comparando sus resultados con la percepción que tienen de sí mismos. La silueta es, así, un soporte de proyección de la propia imagen. “Me están arrancando mi piel”, dice un niño a su monitora, cuando su compañero arranca por accidente un pedazo del cartón de su silueta[5].

En un segundo nivel, la actividad moviliza una dimensión relacional que enfrenta al niño a diferentes formas de “otros” en el entorno directo: sus compañeros, sus monitores. El trazar sus contornos sobre un cartón los obliga a un trabajo colaborativo que es también una conversación sobre sus cuerpos, e implica una proxemia inusitada con el cuerpo de los otros. “El contorno de un niño acostado en cruz es copiado por uno de sus compañeros sobre el cartón. -“Ay, la axila”, exclama el acostado, cuando el plumón debe pasar bajo sus brazos. Cuando llega a la entrepierna, el dibujante pide auxilio a la tía Marge. -“Ayúdeme, no puedo pasar por ahí”, le explica. “Que soy mal pensado”, dice el acostado. -“¿Qué importa, si son del mismo género?”, dice un niño de otro grupo.- “¿Cierto?”, dice Marge. Finalmente, uno se tira arriba de otro, y se empujan y ruedan sobre los cartones”[6]. El Taller Nube, semana a semana, es un espacio donde las identidades individuales y las colectivas se van desenvolviendo en un ambiente de creación y distensión. Las canciones y las bromas grupales forman parte de la dinámica cotidiana, y un humor ligeramente negro o subido de tono marca el paso de los niños entre las prácticas infantiles y las adultas. Estas tensiones de la preadolescencia también marcan la dinámica que establecen los niños con sus monitores. Una de las claves del trabajo dentro del taller guarda relación con el establecimiento de un vínculo afectivo que se va forjando a lo largo del semestre, que les permite a los niños ganar confianza y desenvolverse resueltamente en el contexto del taller. Esta proximidad afectiva suele traducirse en una proximidad física que no sólo refiere al trabajo en grupos pequeños, en torno a mesas o estaciones reducidas: los niños buscan permanentemente esta cercanía corporal, llenando a sus monitores de abrazos y persiguiéndolos a través de las instalaciones. Ellos, por su parte, los saludan con un beso, les tocan la cabeza en señal de afecto, los miran a los ojos y les explican las actividades con paciencia. Los ayudan a ponerse la polera cuando se resisten a ella, y les hablan de cerca y sin gritos. Trabajan cuerpo a cuerpo a partir de los trabajos de los niños, prestándoles manos cuando es necesario, pero dejándolos hacer por sus propios medios después.

Finalmente, en un tercer nivel, estos procesos de construcción de subjetividad están también enmarcados en modelos y valores culturales, que se reproducen y se confrontan en el contexto del taller. La silueta que los niños construyeron para representarse se encuentra atravesada por aquellas expectativas, aspiraciones y referentes sociales: “Un niño me muestra su creación, que denota un cuidado especial en el dibujo del pelo. Al elogiarlo, responde: “Sí, es que yo soy rubio”. Y, efectivamente, su pelo está pintado con una tiza amarilla. “Me dibujé anoréxica, porque ser flaca es más bacán”, me comenta también una niña[7]. Con frecuencia, los monitores los invitan a observar críticamente algunas de sus prácticas y creencias, y a buscar su propia voz más allá de las constricciones del modelo hegemónico. El trabajo desde las artes puede ser una forma de desarrollar identidades más libres y reflexivas, que tengan como base la valoración de los niños en su diferencia y singularidad.

 

[1] “58 indicios sobre el cuerpo. Extensión del alma”. Ed. La Cebra. Bs. As. 2007.

[2] Perec, George (1986). Pensar, clasificar. Barcelona: Gedisa.

[3] Winner, Goldstein y Vincent-Lancrin (2013). “¿El arte por el arte? La influencia de la educación artística”. México DF: Instituto Politécnico Nacional.

[4] Mauss, Marcel (1979). Sociología y Antropología. Madrid: Tecnos.

[5] Del cuaderno de campo.

[6] Del cuaderno de campo.

[7] Del cuaderno de campo.