Artículos y Ensayos

El hilo de la conversación. La trama de la sociabilidad en Nube

octubre 2015

Algunas actividades Nube sólo despliegan sus posibilidad creativas en la proximidad y la co-presencia.

Existe un nexo estrecho entre el trabajo de taller y la emergencia de un tipo particular de lazo social entre quienes lo conforman. Como hemos apuntado en un número anterior[1], lo que caracteriza a la dinámica del taller es una trama de relaciones humanas que se vuelve tan importante para el aprendizaje como la propia actividad ejecutada; una trama marcada por la presencia, la cooperación y el vínculo directo entre los participantes. Parte de lo que se consigue en Taller Nube, en consecuencia, no se materializa en un objeto o un producto tangible, ni se deja exhibir con facilidad en una exposición al término del ciclo. Y, sin embargo, a medida que avanza el calendario y se suceden una a una las actividades del programa, va distinguiéndose en el ambiente algo que apenas lograba intuirse en las primeras sesiones. Se trata de complicidades que se sedimentan en un proceso de largo aliento, y que necesitan del encuentro cotidiano para cobrar forma. ¿Cómo se construye en Taller Nube este inmaterial espesor de las relaciones humanas?

El habla popular dice que se ha “sacado el tejido” cuando ciertas formas de la conversación se abren paso entre un grupo de personas. Se alude con ello a un clima de intimidad en el que prospera el diálogo franco y surge un espacio para el humor, la indiscreción y las confesiones. La vieja y reiterativa práctica de tejer es, a ratos, nada más que una excusa para estar juntos y soltar la lengua. Ancestralmente asociadas al mundo femenino, el hilado y el tejido son actividades que suelen transcurrir en torno a un brasero y que convocan dinámicas de proximidad y comunión desde tiempos inmemoriales. Una línea de actividades desarrolladas en Taller Nube –las actividades NO-MENTE– apelan precisamente a este tipo de gestos: a partir de una acción repetida, se suspende el pensamiento para concentrarse en el aquí y el ahora, permaneciendo abiertos a las vivencias del taller y sintiéndose a gusto con el entorno[2]. Los ejercicios de este tipo se caracterizan por su simpleza, y bastan unas pocas directrices para que los niños puedan emprenderlos por sí mismos: engordar un disco con lana para fabricar un pompón; rellenar con plasticinas de colores unas figuras de mandala. No hay en estas operaciones proeza técnica alguna. No obstante, ello no quiere decir que su realización no presente dificultades: las actividades NO-MENTE implican el desarrollo de habilidades, como la perseverancia y la paciencia, que han perdido centralidad en la vida contemporánea, e invitan a la construcción de un clima de trabajo que calibra de modo singular la individualidad de los niños con el espíritu colectivo. Se trata de crear un espacio para el movimiento pausado y el estado de reposo, activando un tipo de sociabilidad que no florece en el vértigo y la competencia de otras prácticas escolares. Así, mientras los dedos de los niños trenzan las lanas de un pompón, el desafío de los artistas/monitores es, en cierta forma, conducir el hilo de una conversación distendida que va tramando vínculos de confianza y empatía entre los miembros del grupo.

Aunque no hay un fogón en Taller Nube, esta dinámica llama a la disposición en círculos donde los niños pueden mirarse las caras. Ya sea en torno a las mesas o sentados en algún rincón del parque, los grupos y sus respectivos monitores repasan en estas jornadas un amplio rango de temas de conversación, que van desde asuntos triviales a discusiones significativas en torno a los valores que sustentan sus identidades. De este modo, aunque suele estar presente el clima, la televisión o el grupo musical de moda, poco a poco van emergiendo tópicos más complejos que atraviesan sus procesos de subjetivación: las historias familiares con sus altos y bajos; la construcción de una auto-imagen corporal en los inicios de la pubertad; los modos diversos en que entienden y experimentan los estereotipos de género; los contrastes sociales que se expresan entre los “colegios cuicos” y los “colegios pobres”; etc. Los artistas que acompañan estos procesos representan para los niños una figura cercana que no corresponde del todo a la noción tradicional de un profesor. No es que la tarea de imponer disciplina desaparezca del todo: en muchas ocasiones, los monitores deben pedir a los niños que vuelvan a sus lugares, que se concentren en sus trabajos, que no griten, no corran o no tiren los materiales por el aire. Pero el vínculo que se construye en Taller Nube entre los estudiantes y los tutores está marcado por una complicidad horizontal que los contextos escolares convencionales desalientan, y que en buena medida depende de estas instancias de diálogo espontáneo tejidas delicadamente por los monitores. Desde sus estilos particulares, cada uno de ellos encuentra formas de mostrar interés por los procesos personales de los niños, tomar en cuenta sus opiniones y sacarlos de sus zonas de confort cuando repiten discursos ajenos o irreflexivos. Algunos artistas conectan con ellos desde la dulzura y la empatía; otros, desde un trato irreverente, lúdico y fresco. El ritmo de la conversación que construyen es, entonces, un equilibrio inestable entre una dinámica informal y próxima y la transmisión de saberes y experiencias específicas que son necesarias para el proceso de aprendizaje: aunque sus voces se confunden a ratos entre el rumor colectivo, también deben saber cuándo dar instrucciones, llamar al orden o poner límites; aunque se sienten con ellos en el círculo y muchas veces trabajen en una creación propia, están ahí para ofrecer tutela, para instarlos a seguir, para corregir las rutas equivocadas. Con frecuencia, sus propias experiencias como estudiantes les sirven a los artistas para construir este singular espacio de aprendizaje. “Cuando yo estaba en la universidad, los profesores me decían que la línea siempre tiene que ser segura. La línea cortada transmite inseguridad”, les comenta Javier a su grupo, mientras observa cómo trazan un dibujo sobre el cartón.  “¿Y si se me traba la mano?”, pregunta una niña. “Hay que tratar que no”, les responde.

El riesgo que corren estas actividades de baja energía es que cualquier estímulo externo dispersa a los niños con facilidad: “Viene un perro, entra a la sala y los perdimos”, me comenta un monitor. Así, aunque la comunicación fluida es importante para el buen desarrollo de todas las actividades, es en la metódica reiteración que suponen los ejercicios NO-MENTE donde la conversación cobra un papel realmente crucial. Mediante el diálogo se habilita un puente entre los procesos creativos individuales –que demandan de los niños una significativa capacidad de concentración–, y un ambiente de trabajo que les permite vivir la experiencia de grupo y afianzar los lazos entre todos los presentes. De esta forma, la conversación relajada y la proximidad de los cuerpos son elementos claves en el desarrollo de estos ejercicios: formar parte de este tejido colectivo es un estímulo importante para enfrentar las frustraciones y superar el tedio. “Yo no tengo paciencia”, dice una niña que intenta, sin éxito, anudar el extremo de un hilo. “Ah, no puedo, esta cuestión me aburre”, dice otra estudiante, y busca ayuda entre sus compañeras. Agrupados en torno al material, y haciendo circular entre ellos las tijeras y las lanas, los niños logran involucrarse de mejor manera en esta clase de actividades cuando prevalece un clima colectivo.

La diferencia de género se manifiesta con claridad en este sentido: mientras las niñas se desenvuelven con mayor naturalidad y soltura en este tipo de actividades hilvanadas por el diálogo, los niños suelen ofrecer más resistencia al trabajo sereno y minucioso, buscando burlar la atención de los monitores para salir de la sala y correr por el patio. Aunque es más una tendencia que una regla general, la conversación y el canto suelen ser vías más bien femeninas para la construcción de aquella sociabilidad común; los hombres, en su mayoría, logran involucrarse en dicha trama colectiva a través del humor y el desafío. “Profe, ¡se le cayó el ojo!”; “Profe, ¡tiene los calcetines desabrochados!”, dicen por turnos los niños del grupo de David, estallando en carcajadas ante el más leve gesto de su monitor para comprobar lo que se le señala. Sus once años los llevan frecuentemente a ensayar bromas de doble sentido, buscando connotaciones insospechadas en las palabras de sus compañeros y tutores. Muchas veces encuentran formas de convertir los materiales de trabajo en fuente de risas colectivas: “¿Hay que poner la pelotita en el hoyito?”, preguntan, con una expresión traviesa en el rostro. También en ocasiones los une un afán conjunto por infringir las reglas, presentar alegatos de diversa índole, o simplemente contradecir cualquier forma de autoridad; por supuesto, estas formas de articulación colectiva van a menudo en detrimento del trabajo y el aprendizaje artístico. Pero son, al fin y al cabo, parte importante de la experiencia en Taller Nube: es ese clima de sociabilidad distendida, donde se negocia laxamente la frontera entre las conductas permitidas y las inadmisibles, el que activa ciertos procesos creativos que no encuentran desarrollo en las estrictas y competitivas lógicas del sistema escolar. La conversación, el canto, el humor, la “concertación subversiva” y el juego –territorio familiar para niñas y niños– son, entonces, hilos fundamentales para trenzar estos particulares vínculos interpersonales, marcados por la confianza. “Cuando tengan un problema, saben que pueden contar conmigo”, dice un monitor a su grupo, en una ocasión en que la conversación se interna en temas delicados. “Tío, tengo un problema: estoy aburrido”, bromea uno de los niños, desatando las risas de los demás.

Como en las propias prácticas del arte contemporáneo, en las que la noción de proceso tiene una gran fuerza gravitacional, sólo una fracción de lo que acontece en Taller Nube queda a la vista en los productos artísticos que se realizan. Junto a los objetos, se crean aquí lazos sociales sostenidos por la co-presencia y la proximidad, y desarrollados a través de las rutas diversas del habla: el diálogo, el juego, el humor. El hacer de ciertas actividades manuales deja espacio para oír, conversar y cantar, de modo tal que el avance individual de los niños en sus trabajos no va en detrimento de la construcción de un entorno colectivo. El equilibrio entre sociabilidad y trabajo artístico es, ciertamente, precario, y con frecuencia el parloteo es un sinónimo de distracción; sin embargo, aún sobre esta línea difusa, la experiencia vincular constituye una de las piedras angulares de Taller Nube, y todo indica que ciertos aprendizajes se despliegan mejor en el murmullo colectivo.

[1] Boletín 1

[2] Del Programa Nube 2015.